El sermón actual en español - por el pastor Mirco Quint

11.º domingo del tiempo ordinario (A) 2026

Parroquia católica de lengua alemana en Japón

 

1.ª lectura:       Éx 19,2–6a

2.ª lectura:       Rom 5,6–11

Evangelio:         Mt 9,36 – 10,8

 

Hay frases en el Evangelio que son tan sencillas que es fácil pasarlas por alto. Una de ellas es hoy el centro de atención: «De gracia recibisteis, dad de gracia». Jesús no pronuncia esta frase al final de una larga formación, ni tras una fase de intensa preparación, sino precisamente en el momento en que envía a los discípulos por primera vez. Apenas tienen experiencia. No saben lo que les espera. No están preparados. Pero han recibido algo. Y ese recibir es el punto de partida.

 

Si nos tomamos en serio esta frase, cambia nuestra perspectiva sobre muchas cosas. Porque vivimos en un mundo en el que casi todo espera una contraprestación. Se da algo y se recibe algo a cambio. Se invierte y se espera un resultado. Se ayuda y se espera reconocimiento.

Jesús propone una lógica diferente. Dice: Habéis recibido sin hacer nada a cambio. Habéis experimentado la cercanía sin merecerla. Habéis experimentado el perdón sin comprarlo. Habéis recibido confianza sin haberla demostrado antes. Y así es exactamente como debéis actuar.

 

Esta idea recorre todos los textos bíblicos. En el libro del Éxodo, Israel es elegido, no porque sea especial, sino porque Dios lo ama. Pablo escribe en su carta a la comunidad de Roma que Cristo murió por nosotros cuando aún no habíamos comprendido lo que eso significaba. Y en el Evangelio de hoy queda claro: los discípulos son enviados antes de tener nada que demostrar.

Todo comienza con un regalo.

 

Si trasladamos esto a nuestra propia vida, se vuelve muy concreto. Muchos de nosotros hemos vivido experiencias que no merecíamos: personas que confiaron en nosotros. Personas que nos sostuvieron. Personas que nos dieron una segunda oportunidad. Son momentos que no se «ganan». Son un regalo.

Y es precisamente de esas experiencias de donde surge la acción cristiana. No por sentido del deber. No por presión moral. No por el deseo de recibir algo a cambio. Sino por gratitud.

 

Esta idea se aplica también a la propia Iglesia. A veces da la impresión de que los responsables eclesiásticos —sacerdotes, obispos, dirigentes— deben actuar desde una posición de fuerza. Como si tuvieran algo que los demás no tienen. Como si fueran «dueños» de la fe o de la gracia.

Pero esa no es la imagen del Evangelio. También ellos han recibido —gratis. Ellos también viven de un don, no de un derecho. También son personas que son sostenidas, no personas que lo logran todo por sus propios medios.

Una Iglesia que olvida esto pierde su credibilidad. Una Iglesia que se lo toma en serio gana libertad: libertad para servir. Libertad para escuchar. Libertad para reconocer los errores. Libertad para ser generosa.

 

«De gracia recibisteis, dad de gracia». Esto no es una exigencia moral. Es un recordatorio: vivimos de un don. Y podemos transmitir este don sin controlarlo, sin administrarlo, sin calcularlo.

Hoy se nos invita a tomar conciencia de dónde hemos sido bendecidos. Y entonces, de ello puede surgir en nosotros una actitud que haga bien a los demás.